ENCUENTROS CONSTRUIR UN MUNDO MEJOR
PERDÓN Y RECONCILIACIÓN: UN CAMINO HACIA LA PAZ
EL PERDÓN
por Hernando Uribe Carvajal
Perdonar es restablecer la relación dañada a causa de una ofensa. Sin ofensa no cabe el perdón. La ofensa daña la relación, mas no la rompe, porque la relación es la corriente secreta que une las partes con el todo. Todo existe en relación y sin relación no existe nada, y gracias a la relación, todo tiene sentido de unidad.
Cada persona y cada cosa vive la relación a su modo, que es su estilo, sello, talante, idiosincrasia, personalidad, y el modo de los modos es el amor. Cuando Jesús dice: “Yo y el Padre somos uno” (Juan 10,30) está hablando del amor sin límites, donde no cabe ni la más leve sombra de ofensa o pecado, y, por lo tanto, en Jesús no tiene cabida el perdón, que por no ofenderse no tiene que perdonar.
La ofensa tiene dos polos, el ofensor y el ofendido. Una ofensa puede salir del ofensor y no llegar al ofendido, porque éste, por cultivarse, se hace inmune a la ofensa. Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre, es un caso singularísimo de inmunidad, pues fue ofendido de múltiples maneras, pero por vivir en relación de amor con su Padre, fue inmune a toda ofensa. La ofensa salió de diferentes modos de quienes lo maltrataban, y Jesús, que no se ofendió, pidió perdón para ellos con esta oración: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lucas 23,34).
Este comportamiento de Jesús es la gran lección que el ser humano tiene por aprender. Cuando alguien nos ofende, no solamente acogemos la ofensa, sino que nos hacemos incapaces de perdonar porque nos resentimos alimentando la ofensa sin medida. Somos un pueblo de resentidos, de rencorosos, para gran vergüenza nuestra. Quien alimenta un resentimiento se hace un daño enorme en cuerpo y alma, aun sin darse cuenta.
La relación tiene cuatro polos fundamentales, el yo, los demás, el cosmos y Dios, y cada ser humano vive en relación con esos cuatro polos a su modo, modo que con frecuencia es el odio, la tristeza, la melancolía, el pesimismo, la amargura, la desconfianza, la desilusión, la nostalgia, como lo podemos constatar en las canciones populares, que solemos cantar de modo tan placentero.
Ahora bien, el modo de los modos es el amor, que es unidad de dos. Ejemplo, tengo mi casa limpia, ordenada, decorada, acogedora. Esos gestos míos con mi casa me indican que hago unidad con ella, es decir, que la amo. Y con mi madre soy generoso, comprensivo, paciente, acogedor, servicial. Esos gestos míos con mi madre me indican que hago unidad con ella, es decir, que la amo. El amor es el secreto de la felicidad.
Existe la autoestima, que es el amor a mí mismo. A Jesús un maestro de la ley le preguntó (Mateo 22, 36-40): “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» El le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. […] El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.” De modo que el amor a mí mismo, la autoestima, es el punto de referencia del amor a mi prójimo. Y quien cultiva estos mandamientos no necesita otra ley para orientar su vida, pues hará siempre el bien aun sin darse cuenta.
Junto con la autoestima, que es el amor a mí mismo, está la autoconvivencia y el autocultivo. Necesito aprender a convivir amorosamente conmigo mismo, para lo cual debo cultivarme. Al hombre del siglo XXI le urge prestar atención a la autoestima, la autoconvivencia y el autocultivo, porque de ellos depende el saber vivir en familia y en sociedad. San Juan de la Cruz, maestro de maestros, nos hace esta invitación: “Donde no hay amor, ponga amor y sacará amor”. La gran urgencia del hombre del siglo XXI.
En la carta a los Romanos (Romanos 12,4-5) encontramos un texto que hace muy luminosa esta visión de la realidad. Leemos: “Así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos los miembros la misma función, así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros.” Aquí aparece la enorme importancia de la relación y del cultivo del modo de relación, que debe ser el amor, donde no caben la ofensa ni el perdón.
Un día Jesús se sienta con los discípulos a la mesa y toma un cáliz con vino y les dice: – “Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”. Es asombroso lo que pasa. En la medida en que yo entro en relación con Jesús, Él me mueve a evitar toda ofensa, todo pecado, haciendo innecesario el perdón. Así se cumple lo que dice san Pablo: “Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación” (2 Cor. 5,19). Gran sabiduría saber vivir reconciliados.
El evangelista Marcos (2, 1-12) cuenta una historia conmovedora. Le traen a Jesús un paralítico llevado entre cuatro en una camilla. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados.» Y como Jesús percibe que están pensando que él es un blasfemo, pues solo Dios puede perdonar pecados, les dice: «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate, toma tu camilla y anda”?
Entonces Jesús dijo al paralítico: “A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” Historia que concluye así: “Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: «Jamás vimos cosa parecida.»
El comienzo del capítulo octavo del evangelio de Juan cuenta una historia digna de la mayor atención tratándose de la ofensa y del perdón. Un día, de madrugada, Jesús estaba enseñando en el Templo. Y de repente aparecen los escribas y fariseos que le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» Y agrega el texto: “Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarlo”, pues si decía que no la castigaran, dónde está el acatamiento a la ley, y si decía que la castigaran, dónde queda la misericordia de que tanto habla. “Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.» E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.”
Refiriéndose a la respuesta de Jesús a los fariseos y publicanos, que derrotó un ejército con una frase, Oscar Wilde escribió: “Solo por haber dicho eso se justificaba que hubieras venido a este mundo.” Según los místicos, como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, quien hace amistad con Jesús, se hace inmune a la ofensa, y, por lo tanto, a la necesidad del perdón, como ocurrió también con el buen ladrón, a quien Jesús respondió: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Hernando Uribe Carvajal ocd
Medellín, 6 de julio de 2026