DECLAREMOS LA PAZ

Manifiesto por la genuina unidad de la tierra patria

Jorge Carvajal – Unalma


“El Ganges de los derechos viene del Himalaya de los deberes.” — Gandhi

 

Hay un río que no nace en el llano sino en la altura. El Ganges de los derechos desciende del Himalaya de los deberes, y quien bebe de esa agua sin haber ascendido la montaña bebe solamente espejismo. Hoy, en esta tierra patria que llamamos Colombia, un nuevo mandato comienza, y con él la vieja pregunta que cada generación cree formular por primera vez: ¿hacia dónde oscila el péndulo de la historia?

Oscila, sí, como oscila todo lo vivo. Pero el péndulo no es enemigo: es memoria del centro. Cada extremo que toca es una lección que el centro necesitaba para reconocerse. El error no está en el movimiento — está en quedarnos prendidos de un extremo, creyendo que ahí, y solo ahí, habita la verdad.

Ganar, perder. Saber perder es ganar. Saber ganar es ganar. Y hay una tercera forma, la más alta, la que casi nunca nombramos: ganar-ganar, que no es empate ni reparto, sino el instante en que dos cargas opuestas permiten que pase la corriente. Sin diferencia de potencial no hay energía que se mueva, no hay luz, no hay vida. La uniformidad no es unidad: es su caricatura, homogeneidad sin pulso, orden sin fecundidad. La verdadera integridad no elimina la diversidad — la convierte en el instrumento más bello de la evolución, porque solo entre polos distintos puede fluir la corriente que crea.

Por eso hoy, cuando Colombia respira polarización extrema y cada bando declara al otro enemigo, la tarea no es apagar la diferencia sino honrarla como el campo mismo donde la energía de un pueblo puede, por fin, moverse hacia adelante.

Unamos la mano izquierda y la derecha en el mudra de la oración, y elevemos el corazón. Porque solo la ardiente aspiración de los corazones que comprenden nos enseña la lección de la fraternidad — esa que conduce a la paz que tanto necesita la humanidad, y hoy, con urgencia distinta, esta tierra que es nuestra patria común.

Que allí donde otros declaran la guerra, nosotros declaremos la paz. No la paz que calla, no la paz que claudica frente a la corrupción que todo lo deshonra — esa paz que nace del fiel de la balanza de una justicia que reconoce, más en la equidad que en la igualdad, el sentido verdadero de dar a cada quien según su necesidad y pedir a cada quien según su capacidad.

No hay milagro mayor sobre esta tierra que el de equilibrar los derechos con los deberes, y emprender el camino sagrado de la libertad con el primer paso que nadie puede saltarse: el de la responsabilidad. Que el ejercicio de nuestros derechos proceda siempre del cumplimiento fiel de nuestros deberes. Ese es el Himalaya que sostiene cualquier Ganges que merezca ser bebido.

Hoy toma posesión un nuevo gobierno. Habrá quienes celebren y quienes resistan, y ambos gestos, si nacen de la conciencia y no de la pasión ciega, son legítimos en una democracia viva. Pero les pedimos, con el corazón abierto de par en par, algo distinto de la euforia y distinto del resentimiento: les pedimos el encuentro. Una genuina política del encuentro no es la ausencia de desacuerdo — es la decisión de seguir mirándonos a los ojos después del desacuerdo, sabiendo que el otro extremo del péndulo también es Colombia, también es hermano, también carga su propia verdad incompleta.

Traigamos el futuro que anhelamos hasta este presente, no como fantasía sino como disciplina diaria: cada palabra  que elegimos  no incendiar, cada juicio que decidimos suspender, cada vez que optamos por preguntar antes de condenar, ya es el futuro filtrándose en el hoy. Y aprendamos, todos, sin excepción de bando, los errores del pasado — no para señalarlos en el otro sino para no repetirlos en nosotros mismos. La historia solo perdona a quienes la recuerdan sin usarla como arma.

Que el Ganges de los derechos que hoy reclamamos con tanta pasión legítima siga naciendo del Himalaya de los deberes que cumplimos con humildad silenciosa. Que la diferencia de potencial entre quienes hoy gobiernan y quienes hoy resisten no se convierta en cortocircuito de violencia, sino en corriente que mueva a Colombia hacia una energía más alta.

Elevemos, una vez más, la mano izquierda y la derecha en el mudra de la oración. Que el corazón de esta tierra patria, tantas veces herida y tantas veces resucitada, encuentre hoy — en medio del ruido de la posesión y las banderas — el silencio fecundo donde germina la verdadera unidad: aquella que no borra la diversidad sino que la revela como el diseño mismo de lo sagrado.

Que así sea. Que así, entre todos, lo hagamos.

 

Jorge Carvajal – Unalma

Viernes 7 de agosto de 2026