El sentido de las Caravanas de servicio

Este es un pequeño relato de cómo los caravaneros han ido conjugando con su propia vida el verbo caravanear, un neologismo que sugiere la conjugación de caminantes y caminos, buscadores de sentido, servidores, navegantes interiores y destinos.

Ejercíamos como médicos en la ciudad de Medellín donde nos juntarnos para hablar de otros modos de ver la medicina, lo que nos llevó a descubrir que además de esas otras visiones nos unía también el anhelo de servir. Con los años aquellos sueños se plasmaron en prácticas de sanación que unían el saber de diferentes sistemas médicos del mundo, y así fuimos entretejiendo en nuestras ciudades modos del antiguo arte de sanar que integraban métodos de la medicina occidental y las antiguas medicinas ancestrales.

Animados por las experiencias clínicas de la aplicación de este modelo integrativo, nos animamos a caravanear, y emprendimos la jornada hacia la primera caravana en la zona de la selva chocoana en los límites entre Colombia y Panamá, una región por la que algunos de nosotros habíamos ejercido como médicos rurales.

Nos sumergimos juntos en ese torrente de vida que brota del presente cuando se olvidan los condicionamientos y las expectativas. Es ese el mismo espíritu que a lo largo de los años ha florecido en cada caravana.

Viajamos en un pequeño avión desde Medellín al pueblo de Turbo, que en ese entonces era aún pueblo pueblo. Cruzamos el mar por el Golfo de Urabá y remontamos por el Atrato hasta las estribaciones de la cordillera del Darién. Luego caminamos por ríos y veredas para llegar a Gilgal, nombre que en el lenguaje bíblico significa la tierra prometida. Gilgal una tierra de agua-selva sobre las últimas estribaciones de la cordillera andina en el Darién, era un paisaje humano de blancos, mestizos, Emberas, Cunas y mulatos. Allí vivían, morían, luchaban, se enfermaban, se curaban y sobrevivían en medio de una naturaleza donde vivir cada nuevo día parecía un milagro.  Servimos, soñamos, compartimos con los lugareños en la escuela de esa aldea de todos y de nadie, aledaña de la selva y de la nada. Fue nuestro primer paso hacia ese espíritu de las caravanas, donde sanando, nos sanamos.  La tierra prometida se convirtió en nuestro propio corazón, sentimos en medio de esperanzas y fatigas cómo nos unía la energía del amor entretejiéndonos a la gente. Permitimos que esa energía fluyera por nuestras manos para responder a la necesidad de aquellos humanos que todo lo agradecen y, salvo a sí mismos, nada tienen. Con ellos soñamos, cantamos, compartimos y alumbramos el camino de las caravanas y las peregrinaciones. Son senderos en los que ya no hay interferencias de esas que crean las creencias, los dogmas, los títulos, o los complejos que en nombre de la realidad objetiva niegan las realidades culturales subjetivas.

Éramos, en ese tiempo de finales del siglo pasado, unos 20 caravaneros. Cada quien, como ahora y como antes, pagaba sus gastos y daba lo mejor de sí. Y la corriente fue creciendo con el tiempo, los afluentes de países con sus gentes incrementaron la corriente de la solidaridad, y fuimos confluyendo centenares en un gran torrente de buena voluntad que aún se congrega año a año en el mes de septiembre, el noveno mes, para parir juntos en el equinoccio la cosecha del servicio.

En el siglo pasado iniciamos el camino, hoy seguimos caminando por el sur y por el norte y los otros puntos cardinales. Por los caminos internos hacia el centro para despertar a la fuerza sanadora del amor incondicional capaz de ordenar y de responder a la necesidad.

Durante años nos convocamos para recorrer los antiguos caminos de los Mapuches, los Callawayas, los Incas, los muiscas, los Quimbayas, los Caribes y los Mayas. Desde el sur del sur en la profunda Araucanía, conformamos corrientes vivas de solidaridad, que ascendieron por Chile y Argentina a través del desierto de Atacama hasta el Perú. Trepamos por las montañas de las cinco patrias andinas, pasando Machupicchu, visitamos la dama de Cao,  el señor de Zipan, y ascendimos por el centro centro en Ecuador hasta esos países por los que Suramérica se sumerge en el Caribe.

En Coylloriti, la isla del Sol, el Titicaca, y la Sierra Nevada de Santa Marta las caravanas encontraron la savia andina de antiguas tradiciones espirituales que ascendieron la sabiduría de los Mamas.

En esa zona de encuentro y transición de las grandes culturas americanas, continuamos rumbo al norte hacia el corazón de la cultura Maya. Fuimos por Chichén Itza, Uxmal y las huellas del meteorito que creó la quinta gran extinción de la vida planetaria.

También caminamos en servicio por la península ibérica celebrando en Toledo el espíritu de la unidad reflejado en la convivencia armónica de las tres culturas.

Montejurra, Guernica, como antes la masacre de Santa María de Iquique, nos convocaron para sanar esas heridas de humanidad que aún gimen en la tierra viva.

Entre las caravanas peregrinamos, y meditamos en los espacios sagrados de la gran jornada humana, como en El Valle de Afar en busca de los orígenes. Desde Axum, la antigua capital de Abisinia, seguimos la ruta de Menelik, hijo de Salomón y la reina de Saba, por los caminos perdidos del arca de la alianza.

Hoy seguimos en Medellín, o en Buenos Aires. En Santiago, Lima, San José, Guayaquil, México, Miami, Lisboa y Madrid, sintiendo que todos los lugares son puntos de partida para caminar unidos por el espíritu de las caravanas, conjugando el verbo caravanear, como un modo de andar amando.  Como modo de ser sirviendo. Como un modo vivir viviendo de verdad: Poniendo el amor en movimiento.

Más de veinte países reunidos, el anhelo de dar lo mejor de sí y el contento indescriptible de sentir la frescura del río del alma que fluye por el cauce del servicio.

En cada gota de nosotros experimentamos el océano de todo. Sobran las palabras cuando el alma silenciosa canta y todos participamos de la danza ritual que vivifica la vida cada mañana al consagrar el alma grupal para fluir en caravana.

Vamos ahora a caminar sirviendo por la tierra que ha unido en un solo cauce las riberas de los incas y los mayas. Llevaremos en el corazón las experiencias vividas en el Valle de Afar y nuestras semillas africanas; invocaremos la amorosa devoción de los peregrinos del Kailash, el Manasarovar y el Titicaca. Evocaremos la consagración de los caminantes de Mongolia por las tierras sagradas de Shamballa.

En septiembre del 2019 regresamos al origen de la sintergética y las caravanas de la vida para celebrar con una gran Caravana de la paz un nuevo punto de partida. Desde  esta patria colombiana decidida a vencer la guerra, desde Medellín, ciudad de la eterna primavera, les damos la bienvenida para que entre todos demos un nuevo paso por la Paz de la tierra.

 Jorge Carvajal Posada

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