La relación con la madre no es un asunto sentimental, sino existencial. Bert Hellinger, al recordar que “tomar a la madre” no significa idealizarla, ni justificar sus errores, sino asentir al hecho irrebatible de que ella dio la vida, afirma que sin ese gesto, la puerta se cierra. La puerta que lleva a una vida sana, productiva y en paz está en el corazón y tiene – como todo lo que importa – sus leyes inquebrantables.

Mamá prestó su cuerpo, alteró su sistema inmunológico, depuró nuestro cuerpo con sus riñones y atravesó la experiencia extrema del parto, donde la vida puja y la muerte concede.

Todo lo demás – los aciertos, los excesos, las omisiones, las heridas – pertenece a la historia. La vida pertenece al origen.

El alma elige todo: el tiempo, el lugar y a los padres, con plena conciencia de las dificultades que ello conlleva. Ninguna carencia procura sufrimiento inútil, sino crecimiento. Quizás el alma vino a desarrollar fuerza, puede que viniera a mejorar el discernimiento o a crecer en compasión; en todo caso la visión de la personalidad respecto a los “errores” es eso… una mirada pequeña.

La gratitud bien entendida es radical.
No nace de una deuda moral,
sino de un reconocimiento ontológico.
Sin mamá, yo no estaría aquí.

Cuando decimos “Gracias por la vida, la tomo tal como vino”, algo esencial se ordena. La energía deja de gastarse en la lucha con el pasado y queda disponible para la propia existencia.

El Día de la Madre puede ser,
más que una celebración externa:
una oportunidad para asentir a la vida en su origen.

Isabella Di Carlo