1. El Arte de Interrogarse

Vamos a hacernos preguntas, porque sin preguntas no hay respuestas posibles. Lo que importa no son las respuestas sino las preguntas, porque cuando nos hacemos la pregunta correcta, siempre obtenemos respuesta.

El arte de vivir y el arte de ser es el arte de interrogarse, de replantearse y de cambiar permanentemente. ¿Cómo podemos volver a vivir si no hemos vivido? ¿Cómo podemos cambiar si no nos conocemos? ¿Cómo puedo yo cambiar lo que no conozco? ¿Cómo puedo llegar si no he partido? ¿Cómo puedo aspirar a una meta si no reconozco mi proceso? ¿Cómo puedo tener futuro si no tengo presente? ¿Cómo puede tener mi pasado algún tipo de significación si no tengo presente? ¿Cómo puedo tener algo si no me tengo a mí? ¿Cómo puedo darle un sentido a mi vida si no sé cuales son mis sentidos? ¿Cómo puedo regresar al centro y ser el sentido si me he identificado con la periferia y con el sinsentido de los sentidos, sin alma? ¿Cómo puedo ser el alma si no conozco mi cuerpo, y que ese cuerpo es el templo de mi alma? ¿Cómo puedo amar si no me amo? ¿Cómo luchar por la luz, contra la sombra, sin encender mi propia luz? ¿Cómo dejar de huir de mi fantasma, el miedo, para comprender que el miedo es una creación de mi mente, que no tiene existencia real, que solo el amor es real? ¿Cómo ir más allá de la culpa, más allá del juicio, más allá del temor, a través del desapego? ¿Cómo olvidar todo esto en el intelecto para poder vivirlo en vivo en la vida cotidiana y en el presente? ¿Cómo afrontar el temor mayor, el temor de morir, para poder vivir con dignidad y comprender que, también, la muerte es la continuidad de la vida? ¿Cómo aprender que mi riqueza es mi pobreza, que mi vestido más hermoso es mi desnudez, que mi posesión más sublime es mi humildad, y que mi potencial más grande, es mi capacidad de dar? ¿Cómo cambiar la estrategia de la vida?

Aceptándome sin culpa, sin remordimiento, sin ser el carcelero y el prisionero, sino reconociendo que tengo las llaves en mi corazón, y que puedo liberarme; no mañana, ni en la vida eterna, sino que puedo liberarme en el presente, porque la vida eterna comienza y termina en cada instante, y se renueva en cada instante.

¿Qué es el presente? ¿Cómo penetrar en la dimensión del presente infinito que me acompaña cada segundo, en cada mirada, en cada respiración, en cada relación? ¿Cómo comprender que cuando me doy y doy la vida estoy renaciendo y que la ley de la vida es la ley del corazón, la ley del dar? ¿Cómo perdonarme, es decir, olvidarme de mí mismo y encontrar que mi sombra fue necesaria para reconocer por contraste la luz? ¿Cómo reconstruir en ese claroscuro entre la luz y la sombra, en ese amanecer espiritual, los colores de la aurora, del amanecer, que son hechos de luz por contraste con la sombra? ¿Cómo aprender a no negar mi parte oscura, a no negar mi sombra, y a aceptarla como una reveladora de la luz? ¿Cómo revelarme interiormente y en lugar de buscar la luz afuera, entender que Dios está presente, que está inmanente, que vive en mi corazón? ¿Cómo ir más allá del creer, más allá del dogma y hacer de la fe una fe viva, vívida, que se llama confianza? ¿Cómo proyectar esa confianza al futuro, para saber que la confianza genera un vórtice de esperanza? ¿Cómo saber que eso que llamamos las virtudes teologales, la fe, la esperanza, y la caridad, son mi presente, mi pasado, mi futuro, son el Espíritu Santo, el Hijo y el Padre en mí, son mi propia integridad y son el medicamento más prodigioso del mundo?

¿Cómo comprender que la enfermedad es una pérdida de la continuidad y que cuando rescato la continuidad, cuando rescato la integridad, rescato mi salud? ¿Cómo comprender que yo ya soy salud, que yo ya soy perfecto, que no necesito ser como nadie porque Dios me hizo único, total, indiviso e indivisible, para aportar la nota de mi música fundamental al mundo? ¿Cómo aceptarme, entonces, como soy: un violín, un piano, un tambor, o un ruiseñor, de todas maneras, parte esencial e irrepetible de la música del mundo? ¿Cómo recorrer eso, más allá de las formas grabadas por el dolor en nuestro inconsciente, y liberar el dolor, para que el dolor no sea tortura y sufrimiento, sino para que el dolor, pueda convertirse en el revelador de mí esencia luminosa, que puedo llamar el amor? ¿Cómo puedo pretender ser, si me he identificado con el tener? ¿Cómo puedo pretender ascender a la cualidad, a la calidad, de mi vida, si me he identificado con la forma y con la apariencia? ¿Cómo puedo pretender meditar para escuchar la voz de mi alma, si no escucho la voz de mi hijo, ni la de mi señora, ni la voz de mi hermano? ¿Cómo puedo pretender restituir el templo del espíritu, que es un templo de relaciones, si el dolor de Machuca se queda en Machuca y no conmueve mi corazón? ¿Cómo rescatar la posibilidad de revivir, de reconstruirnos, de conmovernos, de movernos interiormente, de sentir; porque sentir es volver a vivir, y cuando sentimos, vibramos en presente?.

Sentir no es sentimentalismo; sentir no es sentimiento; sentir no es añoranza; sentir no es expectativa. Sentir es conjugar la ley del Amor en presente vivo en mi corazón y, cuando yo lo logro, todos los sitios son el templo de Dios y, todas las circunstancias, son oportunidades de unión, y entiendo que me he matriculado en la escuela de la vida, y que la escuela de la vida es una escuela de dolor. Yo no puedo eludir el dolor, no me puedo negar el dolor. Cuando huyo del dolor, huyo de mí mismo. Cuando me niego mi dolor, me estoy negando a mí mismo.

El dolor es la otra ribera de mi vida. El dolor revela el amor y, sin esas dos orillas, el cauce de mi vida no puede fluir. Indefectiblemente, somos víctimas de aquello que en nosotros reprimimos, y de aquello que nos negamos. Indefectiblemente, somos víctimas de nuestras creencias, verdaderas o falsas que, cuando se vuelven etiquetas, o programaciones, nos impiden vivir el amor vivo de la relación.

Jorge Carvajal Posada

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