Especialmente en Occidente, y de forma gradual pero constante, hemos pasado del oremos al meditemos. Este desplazamiento puede leerse como un signo de maduración interior: un paso sereno del pedir al disponernos a ofrecer. Como humanidad, comenzamos a descubrir que el silencio, la atención y la presencia no son solo refugios íntimos, sino también fuentes desde las que puede brotar una relación más consciente con la vida. La práctica meditativa nos invita a habitar el cuerpo con cuidado y respeto, a respirar con escucha y a cultivar una interioridad más amplia. Poco a poco, se va haciendo evidente que este camino encuentra su sentido más profundo cuando se acompaña de comprensión y de una actitud de servicio. Un servicio entendido no como obligación, sino como expresión natural de una consciencia que se sabe vinculada consigo misma, con los demás y con el mundo en su conjunto.
La meditación, por tanto, no puede ser una práctica aislada ni un fin en sí misma. Debe integrarse dentro de un conjunto más amplio de disciplinas que conforman el llamado camino del yoga. En la tradición oriental, la meditación es conocida como raja yoga, uno de los grandes yogas, al que se llega después de haber comprendido y recorrido otros caminos igualmente necesarios para el desarrollo completo del ser humano. Podemos enumerarlos de forma sintética para entender más ampliamente estas diferentes vías.
El Hatha yoga fue creado hace miles de años para adquirir dominio sobre el cuerpo físico y potenciar sus cualidades. Aunque hoy es el yoga más difundido en Occidente, en realidad responde a una necesidad evolutiva ya superada en gran medida: es un yoga del pasado, imprescindible en su momento, pero insuficiente por sí solo. El Laya yoga, orientado al dominio de los estados de ánimo y del cuerpo etérico o anímico, así como al trabajo con los centros energéticos y la práctica del pranayama. El Bhakti yoga, destinado al desarrollo, purificación y orientación consciente del cuerpo emocional, a través de la devoción, el amor y la entrega. El Raja yoga, el yoga de la mente, conocido comúnmente como meditación, que busca el desarrollo y el control del plano mental en sus dos grandes vías, tal como las simboliza la Y pitagórica. Y el Agni yoga, el yoga de la ética viviente, llamado a desarrollarse plenamente en el futuro, cuando aquello que denominamos alma, yo superior o consciencia comience a manifestarse de forma estable en el ser humano. Con él se completa el ciclo de la Unión, el sentido profundo del yoga.
Sin embargo, hay un yoga que atraviesa y corona a todos ellos, y que a menudo queda relegado a un segundo plano: el karma yoga, el yoga de la acción consciente. No como una práctica menor, sino como la expresión natural y concreta de todos los demás yogas integrados. Porque, en realidad, todos los yogas terminan en el arte sublime del servicio. El karma yoga no es solo hacer cosas. Es actuar sin apropiación, sin expectativa de recompensa, sin identificación con los frutos de la acción. Es permitir que aquello que hemos cultivado en el cuerpo, en la emoción, en la mente y en la consciencia se derrame de manera natural en el mundo. Si el agni yoga representa la culminación interior, la encarnación de la ética viva, el karma yoga es su práctica cotidiana, su manifestación visible en la vida diaria.
Desde esta perspectiva, la meditación deja de ser un refugio íntimo o una técnica de bienestar para convertirse en una preparación. Preparamos la mente para servir con claridad, el corazón para servir sin apego y la voluntad para servir sin desgaste. El silencio interior no es el final del camino, sino el umbral desde el cual la acción se vuelve justa, oportuna y compasiva.
Si ponemos ahora la atención en el raja yoga, veremos que es el yoga propio de la humanidad actual, una humanidad que comienza a esforzarse conscientemente por desarrollar el plano mental, esa Mente de la que nos habla el Kybalion.
¿Cómo se recorre este camino? ¿De qué manera se practica sin caer en la aridez técnica o en el narcisismo espiritual?
Los Aforismos del Yoga de Patanjali siguen siendo la base imprescindible para comprender el yoga en su conjunto. Alice Bailey hizo un trabajo intenso para desvelarlos en su libro “La luz del Alma”. En ellos se describe un proceso gradual que comienza con Yama (la actitud ética) y Niyama (la cualidad interior), que sostienen la práctica de Asana (postura) y Pranayama (respiración). Estas prácticas conducen al Pratyahara (introspección), y de ahí a Dharana (concentración), Dhyana (contemplación) y finalmente Samadhi (absorción). Los cinco primeros estadios —yama, niyama, asana, pranayama y pratyahara— constituyen las prácticas externas. Los tres últimos —dharana, dhyana y samadhi— se realizan en el interior. Como humanidad, estamos apenas comenzando a penetrar de forma consciente en este camino interno.
Pero conviene decirlo con claridad: la concentración, la contemplación y el samadhi no son el destino final. Son un preámbulo. De poco sirven estas realizaciones si no encuentran una razón de ser, si la luz interior que despiertan no se pone al servicio de una causa mayor. La consciencia que no sirve termina replegándose sobre sí misma. Por eso, el karma yoga aparece aquí no como un añadido, sino como la prueba de autenticidad de toda práctica interior. El servicio desinteresado es el terreno donde se verifica si la meditación ha sido real o solo una experiencia privada. Servir es el acto mediante el cual el yoga deja de ser un camino individual y se convierte en una fuerza transformadora para la humanidad.
Con este espíritu, la práctica consciente de todos los yogas y la meditación creativa aparecen como unas prácticas sencillas, de no más de veinte minutos de duración, pensadas para integrar el trabajo meditativo con la intención consciente de intensificar nuestras vidas hacia el servicio. No busca experiencias extraordinarias, sino orientar la mente y el corazón hacia el bien común, convirtiendo la práctica del yoga íntegro y la meditación en un acto silencioso de ofrecimiento, de plenitud y mejora para nuestro mundo. Quizá ahí se encuentre el verdadero sentido del yoga en nuestro tiempo: no tanto en perfeccionar técnicas, sino en aprender a vivir de tal manera que cada pensamiento, cada emoción y cada acción se conviertan, de forma natural, en el arte sublime del servicio.
Javier León Gómez
Doctor en antropología, editor y escritor